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Por Pedro de Felipe del Rey

El profesor Fernando Conde Torrens, en el año 2004, publicó un libro titulado Simón, opera magna, en el cual afirma que los cuatro evangelios canónicos, en su forma actual, fueron redactados por Eusebio de Cesarea en el siglo IV por orden del emperador romano Constantino, siendo Osio el suministrador de las ideas; así lo dice:

“Juan actual, Autor: Eusebio. Mateo actual, Autor: Eusebio: Marcos actual, Autor: Eusebio. Lucas actual, Autor: Eusebio.” (Pág. 23, primera edición).

Por tanto, antes de los cuatro Evangelios actuales, sólo había una porción del evangelio de Juan (Id.).

Este profesor pretende haber descubierto esta “falsificación” de los cuatro Evangelios de la forma siguiente:

1) Afirma que Eusebio de Cesarea se llamaba “Simón”, y este Simón, al redactar los textos falsos, fue dejando su firma por medio de introducir en el texto de forma estratégica las cinco letras del nombre Simón. Así lo explica:

“Recurrió Simón a la regla siguiente: Él colocaría las cinco letras de su firma una en cada versículo y en cualquiera de seis lugares consecutivos. Estos lugares se contarían a partir del inicio o a partir del final de cada versículo.” (Pág. 26).

Para entender esto, pone este ejemplo en escritura griega con la traducción al español, que dice así:

“1. Y faltando vino le dijo a Jesús su madre: No tienen vino.

“2.  Y Jesús dijo: ¿Qué más nos da, mujer? Aún no es mi hora.

“3. Dijo la madre a los criados: Haced lo que él os diga.

“4. Y tenían seis tinajas para las abluciones.

“5. Y les dijo Jesús: Llenadlas de agua. Y las llenaron todas.” (P.ag. 27).

Vemos, en este ejemplo, que el nombre de Simón está escrito al revés (hacia arriba); el autor lo justifica así:

“Note el lector que la firma está al revés. La firma puede ir al derecho o al revés. Y puede contarse los lugares desde el inicio de las frases, como en esta ocasión, o desde el final de las mismas, como veremos en próximos ejemplos.” (Id.).

He ahí, las reglas que ha establecido el autor de este libro, para llegar a saber (según él) todas las porciones de los Evangelios escritas por el mencionado Simón, que dice que era Eusebio de Cesarea: esas reglas consisten en buscar, en cinco versículos consecutivos, las cinco letras del nombre “Simón” (como en el ejemplo anterior); pero las cinco letras de ese nombre se pueden buscar de izquierda a derecha o al revés, y de arriba hacia abajo o al revés; con estas reglas, establecidas por él, el margen de maniobra es impresionante; puede encontrar el nombre de “Simón” por todas partes dentro del texto griego de los cuatro Evangelios y, de ahí, concluir que casi todo el texto fue escrito por Eusebio y, por tanto, es falso. Él mismo dice que, en el evangelio de Mateo, ha encontrado “295” veces la firma de “Simón”, con lo que concluye que no hay nada original en este evangelio; tampoco hay nada original en Marcos, donde ha encontrado “181” de esas firmas; igual sucede con Lucas, donde ha encontrado otras “181” firmas; en Juan ha hallado “138” firmas, y dice que este evangelio tiene “100” versículos originales y “778” añadidos. Después de ese análisis, dice:

“Estos son los aspectos novelescos de los Evangelios que fueron puestos a punto por Osio y Eusebio.

“1. El Maestro bueno no fundó una iglesia.

“2. No era el Hijo de Dios.

 “[…].

“7. No resucitó. (Etc.). (Pág. 33).

2) Con fecha 28-09-2005, escribí, a este autor, la siguiente carta:

“En su libro titulado: Simón, opera magna, en la página 25 (primera edición), en el primer párrafo, usted pregunta: ‘¿Quién es Simón?’ Y, en el tercer párrafo de la misma página, usted mismo contesta diciendo: ‘Eusebio de Cesárea es Simón’.

Le agradeceré mucho que usted me diga en qué se funda para decir que ‘Eusebio de Cesárea es Simón’.” […].

3) Hasta la fecha, sólo he recibido el acuse de recibo firmado por él; pero ninguna respuesta a la carta; así queda demostrado que ese “Simón” sólo es una creación literaria de este autor, o un invento fraudulento.

4) Por otra parte, toda la obra que atribuye a ese inexistente Simón es otro fraude; en efecto, este profesor habla de que Simón ponía cada letra de su nombre en un “versículo”; pues bien, al decir esto, afirma una cosa imposible que pudiera hacer su ficticio Simón ni el mismo Eusebio de Cesarea de carne y hueso; porque, desde el principio del cristianismo hasta mucho después de la época de Eusebio y Constantino, no había versículos en los Evangelios (ni en todo el NT); porque la escritura se hacía sin separación de palabras, como se puede ver en los manuscritos del NT que existen anteriores y posteriores al siglo IV, época de Eusebio y Constantino; la separación de palabras y la separación de versículos se hizo varios siglos después de esa época; he aquí el relato de esos hechos:

“Desde el siglo VIII de nuestra era la separación de las palabras es ya bastante frecuente, y en el siglo IX empieza a usarse la puntuación, […].” (Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana, tomo 48, p. 607).

“La división  en versículos numerados, fundada en las divisiones masoréticas de la Biblia hebrea, la introdujo en la Vulgata el editor Roberto Estéfano en 1548 y en el Nuevo Testamento griego en 1551.”  (Id. tomo 20, p. 978).

5) Es evidente que ningún personaje (ni ficticio, como el mencionado Simón, ni verdadero, como Eusebio) podía contar letras en el texto griego de los Evangelios a partir del comienzo o del final de los versículos en el siglo IV, porque entonces no existía la división en versículos.

6) Por otra parte, este profesor siempre escribe una sigma cerrada al final de las palabras griegas, lo cual es un error, pues tiene que ser una sigma abierta.

7) También escribe, en todas las ocasiones en su libro, “Eusebio de Cesárea” (con acento); así confunde la ciudad de “Cesarea” (sin acento) con una operación quirúrgica llamada “cesárea” (con acento).

8) En conclusión, el libro en cuestión es una descomunal patraña llena de estulticia e ignorancia supina. Parece increíble que haya sido escrito por un profesor universitario, quien, con ese esperpéntico cuento, se atreve a negar la resurrección de Cristo.

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El año pasado, 2016, Fernando Conde Torrens ha publicado un mamotreto de 860 páginas, cuyo título es:

AÑO 303 INVENTAN EL CRISTIANISMO.

Veamos lo que dice, en la entrevista que le hace el periodista Iñaki Vigor, de GARA, el día 07-08-2016:

El año 2004 usted publicó el libro ‘Simón, ópera magna. Las pruebas de la falsificación, en el que ya sostenía que el cristianismo fue creado por el emperador Constantino en el siglo IV y que Jesucristo nunca existió. ¿Qué aporta este libro en sus 860 páginas?

“Lo principal es que ahora se aportan las pruebas documentales de que lo que defendí desde el principio era la realidad histórica: Jesucristo es un personaje literario, inexistente, creado por un autor, Lactancio, para fundar una religión nueva que adorara a un solo dios, no a muchos, como se permitía en la Roma imperial. […].”

Evidencias del engaño contenido en dicho mamotreto, que ha publicado el ya mencionado Conde:

Primera: La espina dorsal de ese libro es el “acróstico SIMÓN”, y, en mi carta (que se puede leer más arriba), queda demostrado concluyentemente que no se podía hacer ese “acróstico”, porque el texto griego del Nuevo Testamento estaba escrito con todas las letras juntas, y no fue dividido en versículos hasta 1551 (Las referencias están en mi carta de arriba). Por tanto, ese “SIMÓN” es una gran falacia inventada por ese individuo, cuyo mamotreto se diluye por sí solo al faltarle el esqueleto de ese inexistente “SINÓN”. Y lo que sucedió en el año 303 fue la publicación, por el emperador Diocleciano, de la última persecución contra los cristianos.

Segunda: Cayo Cornelio Tácito, refiriéndose a Nerón (54-68), contemporáneo suyo, escribe lo siguiente:

“Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dio por culpados de él (el incendio de Roma), y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormento, a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de Judea.” (Anales, Editorial Porrúa, S. A., México, 1975, p. 256). Es evidente que Tácito dice de la muerte de Cristo igual que los Evangelios.

Tercera: “Celso. Famoso filósofo griego pagano, que vivió en el siglo II d. C., escribió: Discurso veraz o Demostración veraz contra los cristianos. Esta obra es ‘un arsenal de toda clase de armas contra el cristianismo; primero las del judío contra el cristiano, luego las del gentil contra ambos, después las del racionalista contra los dogmas fundamentales de la religión fundada por Jesucristo; por fin trata de defender el paganismo oficial; […]’.” (Enciclopedia Universal Ilustrada, tomo 12, p. 955). Por tanto, en el siglo II, Celso da cuenta de la existencia de Cristo y de que la religión fundada por él seguía existiendo.

Es evidente que lo dicho por Tácito y Celso son dos pruebas irrefutables de la existencia de Jesús de Nazaret y de los cristianos tal como dicen los EVANGELIOS, que el Sr. Conde quiere destruir.

(Por último, Sr. Conde, ya que no contestó usted a mi carta [mencionada más arriba] en el año 2004, puede contestar ahora, dirigiéndose a la Dirección de este Periódico, en el cual yo le responderé).