Lunes, 17 Febrero 2020 22:44

HISTORIA DE LA FAMILIA DEL OBISPO

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Primera parte: la familia del obispo cristiano.

El apóstol Pablo habla de esta familia: “Palabra fiel: Si alguno desea el episcopado, buena obra desea; pero es preciso que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sabio, prudente, cortés, hospitalario, capaz de enseñar; no dado al vino ni pendenciero, sino ecuánime; no camorrista ni amigo del dinero; que sepa gobernar bien su propia casa, que tenga los hijos en sujeción, con toda honestidad; pues quien no sabe gobernar su casa, ¿cómo va a cuidar de la Iglesia de Dios? (1 Timoteo 3:1-5; Sagrada Biblia, Nácar-Colunga, 27ª edición, BAC.).

Es evidente que, además de todas las virtudes que debía tener el obispo, las cuales enumera Pablo, tenía que ser un hombre casado, “marido de una sola mujer”; es decir, un polígamo no podía ser obispo. También tenía que tener “los hijos en sujeción, con toda honestidad”; esto es, la familia del obispo, en tiempos del apóstol Pablo, estaba formada por un matrimonio con sus hijos, siendo esta familia un ejemplo para los demás cristianos. Por tanto, como el obispo era un hombre casado, esto nos lleva a ver como se casaban entonces los cristianos, incluidos los obispos.

En una obra titulada: 2000 AÑOS DE CRISTIANISMO, preparada por un numeroso equipo, y figurando a la cabeza del “Comité patrocinador”, el “Cardenal Vicente E. y Tarancón”, Sedmay Ediciones, Madrid, 1979, tomo III, p. 50), se dice: “No hay rito eclesiástico hasta el siglo VIII. Hasta el siglo VIII los cristianos se casaban según los ritos y costumbres, muy diversos, de los pueblos a que pertenecían. El matrimonio se consideraba como un acto humano, regulado por la sociedad, en el que la Iglesia no tenía la pretensión de intervenir mediante ningún rito. […]. No existía, propiamente hablando, matrimonio religioso. Así, pues, casarse cristianamente ha de entenderse en sentido espiritual: matrimonio entre cristianos, según las perspectivas evangélicas, pero respetando las costumbres locales. En Roma y en las regiones de influencia Romana, por mutuo consentimiento en presencia del cabeza de familia; en los países germánicos, por convención entre dos familias, lo que incluía una dote que el novio depositaba en manos del padre o tutor de la novia.” (P. 50). Esta misma Obra sigue diciendo: “desde el siglo VIII, bendición postmatrimonial. […].

Pero aunque, ya en el siglo VI, el papa Hormidas (514-523) había decretado: ‘Ningún creyente puede casarse en secreto, sino que debe casarse públicamente ante el Señor, después de haber recibido la bendición del sacerdote’ (Decretum 2: P. L. 63, 525), el matrimonio ‘secreto’ nunca se consideró inválido. El papa Nicolás I (858-867) precisa incluso que no hay pecado grave alguno en descuidar los ritos religiosos, con tal que los esposos hayan emitido verdaderamente el consentimiento recíproco. El propio consentimiento de los dos bautizados es lo que constituye la unión válida.” (Ib.). Poco a poco, la Iglesia va controlando la institución del matrimonio.

En efecto: “En el curso de los siglos XI y XII se opera un cambio importante en la actividad de la Iglesia. En adelante, el matrimonio deberá celebrarse no solamente según las normas vigentes en la sociedad, sino in facie ecclesiae, a las puertas del santuario, conforme a las normas litúrgicas fijadas por la Iglesia, que llegará incluso progresivamente a regular hasta los efectos civiles del contrato. A partir de entonces, el papel del sacerdote se hace determinante. A menudo, es el sacerdote quien entrega la prometida a su esposo; a veces, los entrega el uno al otro o se contenta con presidir la ceremonia.” (Íd., p. 51). Más adelante, “el matrimonio se convierte en sacramento. […].

‘Es en un sínodo local celebrado en Verona en 1184, cuando por primera vez, […], se denomina sacramento al matrimonio en un documento oficial, situándolo al mismo nivel que el bautismo, la eucaristía y la penitencia’ (Denzinger, núm. 367). Habrá que esperar al siglo XVI y a la publicación del nuevo ritual del matrimonio, […]. A partir de este momento, todo matrimonio que no se celebrare conforme a los nuevos ritos sería considerado nulo. Hoy vivimos todavía de estas prescripciones.” (Ib.).

Segunda parte: la familia del obispo católico.

 

Según hemos visto en la primera parte, por un lado, en el comienzo de la historia del cristianismo, el obispo se casaba por lo civil, tenía una esposa y unos hijos; por otra parte, vemos que el matrimonio fue convertido por la Iglesia en un sacramento; pero ahora observamos que, en el devenir de los siglos, la familia del obispo cristiano desapareció; pues ahora los obispos católicos no tienen esposa ni hijos.

Por tanto, ¿cómo se produjo la desaparición de la familia del obispo? La historia lo cuenta así: “Al cesar la persecución, lo primero que hicieron los cristianos españoles fue reunirse en un sínodo que ha pasado a la Historia con el nombre del concilio de Elvira, nombre tomado de la ciudad en donde se celebró el año 305 ó 306.

Elvira se hallaba cerca de la actual Granada, y también se la conoce por los nombres de Eliberis o Illiberis. […] (En el canon 35 de ese sínodo) Se prohíbe a los obispos, a los presbíteros y a los diáconos el que vivan con sus mujeres como esposos. […], después de ser ratificado el canon de Elvira por el primer Concilio de Toledo (canon 1) (año 400) pasó de España a Francia en donde los concilios de Arlés y Maon, en los siglos V y VI, condenaron a todos los clérigos que cohabitasen con sus esposas. Y así fue extendiéndose a todo Occidente.” (Javier Gonzaga, Concilios, tomo II, pp. 1021-1023).

“Desde el principio del siglo IV los Cánones de los Concilios y las decretales de los Pontífices, aparecen imponiendo claramente, como precepto legal, el celibato eclesiástico. […]; el mismo León I (445) extendió esta obligación a los subdiáconos, imponiendo ya en este grado la alternativa de prometer continencia si eran solteros o separarse desde luego de sus esposas si fueren casados (entrando la esposa en un convento si era joven o quedando en el mundo vistiendo luto si era de edad; pero sin que en ningún caso pudiera volverse a casar, pues el matrimonio subsistía.” (Enciclopedia Universal Ilustrada…, tomo 12, p. 939).

Es evidente que el celibato, inventado en España, acabó con la familia del obispo, y de todos los clérigos. Ahora bien, por una parte, vemos que ese celibato es contrario a la enseñanza del apóstol Pablo indicada al comienzo de este artículo. Por otra parte, si desde el siglo IV, no hubiera existido dicho celibato, y los clérigos y monjas se hubieran casado (los que hubieran querido), es innumerable la cantidad de hijos que habrían tenido, los cuales no han nacido por culpa del celibato eclesiástico; de donde se sigue que ese celibato ha sido (y es) un eficaz contraceptivo, que hizo desaparecer a la familia del obispo y a la de todos los clérigos católicos, e hizo aparecer una multitud de barraganas. (Enciclopedia Universal Ilustrada…, tomo 7, pp. 894-896).

 

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