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Lunes, 30 Mayo 2022 18:14

Un sabio en el olvido

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“La única manera de salvar este mundo y conseguir un mundo en paz, es enseñar amar a la creación, la naturaleza y los animales. Si quieren ayudar y promover esta idea, tal vez podamos aún salvar este planeta” – Linden –

 

El tiempo pasa veloz. Los recuerdos, las experiencias vividas, las alegrías y las tristezas, van formando surcos en tu vida que dejan huella. Unos se petrifican y pueden ser olvidados o al menos alejados de la memoria, pero otros te marcan el camino y como un faro en el atardecer, alumbra nuestros pasos y nuestros recuerdos.

         Por ello nunca he dejado de pensar en  Claes  Linden, un sabio de los de antes, un científico práctico que con un curriculum sensacional y una inteligencia fuera de serie, que intentaba luchar y defender  sus ideales. Creó una Fundación en España para salvar las selvas tropicales. Su experiencia era única y su amor por los grandes simios, hizo que comprara a cuatro chimpancés en África donde iban a ser sacrificados salvándoles de una muerte segura y se los llevó a una pequeña localidad de Cádiz, donde alejado de casas y de civilización, montó su sueño y su esperanza de salvar el mundo.

         Esta es la historia muy reducida del último sabio del siglo XXI, del último hombre de la ciencia que buscaba con ahínco que le comprendieran y no le importaba vivir a oscuras, sin agua, sin electricidad, en una cabaña invernadero donde nadie pudo entrar pues era su mundo y su vida, donde guardaba sus recuerdos, sus libros, sus inventos, sus documentos. Dio mucho por la humanidad y esta le pagó ignorándolo e hundiéndolo en la indigencia, como los grandes hombres de la historia que han sido olvidados a pesar de haber entregado su vida y sus conocimientos en beneficio de las generaciones futuras.

         Invirtió en su pasión, pero fue traicionado muchas veces hasta el punto de no fiarse de nadie por muy buenas intenciones que tuviera. La vida le golpeó fuertemente. Fue abandonado por su familia por causas que no conocemos. Tal vez su carácter agrio que mostraba en muchas ocasiones y que era su única defensa ante las puertas que se le cerraban constantemente, fuera un impedimento que forjó su naturaleza ante los demás, formando un escudo protector que le hizo tomar precauciones ante los demás, ante el mundo sombrío que le acechaba.

         Nadie le conocía hasta que tomé contacto con él y quise en vida que fuera conocido y que sus ideas que tan firmemente defendía, salieran en los medios de comunicación. Lo conseguí y durante mucho tiempo vio en mí un salvavidas, un flotador al que agarrarse y utilizar si fuera necesario para mostrar al mundo que él tenía razón, que el cambio climático era consecuencia directa de la destrucción de los bosques tropicales. 

         Seguramente Linden puede ser sacado de un libro de Julio Verne. Pero lo teníamos en carne y hueso, viviendo en la más extrema de las pobrezas, gastando el poco dinero de la pensión que recibía (400 euros) en dar de comer a sus perros que eran su única familia, en las cartas que mandaba, en el combustible de un coche viejo que era su motor y su medio de poder desplazarse al pueblo.

         Le comenzaron a llamar para dar conferencias y coquetamente se ponía su única chaqueta con la esperanza que sus palabras fueran escuchadas y para dar el grito al mundo  de que nos acercábamos sin remedio ante una hecatombe de consecuencias irreparables para el planeta. No le importaba que pasara hambre, sed, frio…..que llegara la noche y solo pudiera alumbrarse con una linterna, lo único importante para él es que se le hiciera caso y que las selvas tropicales debían protegerse de forma inmediata.

         Cuando tenía a los chimpancés en su Vivero tropical, varias veces se escaparon y una de ellos le arrancó el dedo. El decía que habían sido envenenados y que por ello estaban fuera de sí. Le fueron retirados los chimpancés amargamente, ya que a pesar del ataque sufrido, los quería como a sus hijos. Tal vez desde ese momento la amargura de su corazón se intensificó y todo lo que le pasaba lo achacaba a terceras personas que no querían que él estuviera en su vivero. En muchas ocasiones era cierto, en otras la paranoica le hacía estragos a la mente y pensaba que el mundo estaba contra él. Tal vez sí. No los que estábamos cerca de él, pero si el sistema, la sociedad en su conjunto que no comprendía cómo un hombre sabio había llegado al extremo de ser tan pobre.

         Cuántos hombres y mujeres en la historia de la humanidad han sido y son olvidados a pesar de todo lo que hicieron para el beneficio común del planeta. Linden era el último de su extirpe. En sus últimos años al menos su vida fue pública y los que le quisimos ayudar, estuvimos ahí con nuestro apoyo incondicional para mejorar su situación. Su mundo y su vida estaba en su vivero que no quería abandonar por mucho tiempo por temor a que cuando volviera le hubieran quitado todo.

         A pesar de todo ello, era un hombre cabal, con sentido de la justicia y que no le importaba perder tiempo y el poco dinero que poseía con tal que su voz fuera escuchada. Yo hice todo lo posible para ello, le lleve a las televisiones, a los medios de comunicación, le nombré asesor científico del Proyecto Gran Simio y le busque tres lugares para que pudiera abandonar el pequeño vivero de latón que tenía por casa, que pudiera vivir en una casa en condiciones, con luz, calefacción, agua..pero su cabezonería y su recelo siempre estaba presente, la desconfianza le hizo perder muchos amigos, hizo mella en su forma de ser y fue precisamente la causa principal de su soledad. Pero mi amistad siempre la tuvo, bien para regañarme o para felicitarme.

              El me comentaba que era un ejército de un solo hombre. Pero la verdad es que en ese ejército no dejó enrolarse a nadie. Los pocos documentos que tengo de él, son suficientes para juzgar su vida. Tengo sus correos y mensajes y espero que todo ello contribuya a que Liden no sea olvidado, a que se le reconozca el esfuerzo que hizo por todos a cambio de nada.

              Seguramente allí donde esté, estará observando apesadumbrado como el cambio climático sigue aumentando sin control y como sus efectos contra el planeta está originando ya miles de muertos. Él lo avisó, pero su voz quedó difuminada por el viento. Esta es la historia de un sabio en el olvido, en la indigencia. Un científico que vivió en la soledad, en la lucha por salvar nuestro planeta, en la indiferencia de una sociedad que le dio la espalda, que le forjó a ser desconfiado, aislarse en su mundo de fantasmas y realidades.

              El no hacía más que asegurar ante las cámaras de televisión o conferencias donde era invitado, que el cambio climático era producido fundamentalmente por la destrucción de las selvas tropicales que se encuentran en la línea planetaria del ecuador y que al ser destruidas, afectaba a los vientos planetarios que se formaban en el Ecuador y que partían a ambos hemisferios (norte y sur) y que como efecto dominó se alteraba el clima mundial. Qué no era tanto como se decía del CO2 solamente, sino de otros gases de efecto invernadero y la destrucción de las selvas tropicales.

            El Dr. Claes T. C. Linden, ostentaba un alto currículum como Ingeniero de Montes de la Universidad de Suecia, Doctor en Agricultura Tropical de la Universidad de Cornell en EE. UU y antiguo Director General de la Facultad de Agricultura en Zaire, propulsor del sistema agrícola integrado en Nigeria hoy denominado silvoagrícola,  trabajando muchos años para la FAO (Organización de la Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación) y toda una vida dedicada a la ciencia, a la investigación y al estudio de las selvas tropicales; nadie hacía caso de sus advertencias. Estaba obsesionado y con razón, de que el cambio climático podría evitarse si las selvas del mundo se conservaran intactas. En su pequeño terreno tenía plantados numerosas plantas tropicales hasta que le fue cortada el agua.

             Su lugar de trabajo, una mesa bajo un árbol y su ordenador, una máquina de escribir de las de antes. Su salón tenía varias cajas de madera para sentarse bajo las tupidas ramas de un hermoso árbol. El murmullo de los cantos de las aves se mezclaba con el traqueteo de las teclas de su máquina. Mandaba cartas a todas las Autoridades sin contestación la mayoría de ellas.  Su casa un pequeño invernadero de latón. No tenía luz, solo las estrellas y la luna en  días claros alumbraban su mundo del que no quería salir. Guardaba celosamente sus inventos como un insecticida natural que además ayudaba a las plantas a crecer. La carga de su móvil la realizaba con un invento de pilas  a las que conectaba al móvil para su carga. Conocerle como lo hice, fue sin duda trasladarme a un libro de Julio Verne donde un sabio indigente, con hambre, con unos perros a los que adoraba y alimentaba a pesar de su penuria, combatía contra el cambio climático. Un verdadero científico, tal vez el último que de verdad vivía por los demás y por defender la biodiversidad. No obtuvo ningún premio. A nadie le interesó a pesar de que conseguí que su historia fuera pública y  llevarla a la prensa, al canal público de televisión y Canal Sur.

            Antes de que ningún “científico” de los de ahora levantase la voz por el cambio climático, él ya llevaba desde 1989 denunciando  lo que estaba ocurriendo, sin que la ciencia le hiciera el más mínimo caso.

             Pero en agosto de 2011, su vida se apagó. Dejó de luchar. Abandonó su mundo cansado del olvido, de la desesperanza, de la pasividad de los gobiernos, de la tristeza al no poder llevar a cabo su gran objetivo de salvar las selvas tropicales y toda su biodiversidad. Más de una década ya. Descansa en el cementerio de Castellar de la Frontera (Cádiz) donde sus pocos amigos plantaron un árbol en su memoria. No pude ir a su despedida, pero las lágrimas inundaron mi corazón a su vez que me sentí privilegiado de haberlo conocido y tratado durante más de cinco años. 

            Hoy, un estudio dirigido por investigadores de la Universidad de California, en Irvine (EE.UU.) han concluido, por primera vez, cómo la protección de los bosques tropicales puede generar beneficios climáticos y que su destrucción acelera el cambio climático. Nunca se había analizado el grado en que la deforestación en las selvas tropicales contribuyera al efecto sobre el clima regional y mundial. Se conoce que no conocieron a Linden que durante años y en decenas de conferencias, lo denunciaba de forma continuada. Esto es una muestra del desprecio que se hizo a un gran sabio y como la ciencia hace caso solo en la forma en que pueda interesar para ganarse puntos personales o grupales.

              Si. Tenía razón y nadie le hizo caso. Un sabio en el olvido, un científico de los de antes que a pesar de su pobreza, se mantuvo firme en sus estudios, en sus denuncias, en su razonamiento y ello desde luego merece escribir un libro del cual estoy preparando, un libro que recoja su llamada, su voz no escuchada e ignorada, su lucha, sus ganas de hacer el bien por la humanidad a pesar que ésta misma la había abandonado a su suerte donde murió en la soledad de su lucha.

        

 

“Para conducir un coche, hace falta un permiso y conocer las reglas de tráfico. Pero para conducir el mundo..¿qué hace falta?.....NADA..solamente una gran capacidad verbal y estar en una lista de un partido. ¿No debería exigirse a los que deben conducir el mundo, los políticos, que conozcan la Biología y las reglas de la naturaleza?. Esto es uno de los errores más graves de la democracia y el mundo” – Linden -

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