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Rousseau y su Discurso sobre la desigualdad

El Viejo Topo

Cultura
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Otro certamen patrocinado por la Academia de Dijon, anunciado en 1754, dio a Rousseau la oportunidad de ampliar sus reflexiones sobre los problemas centrales de la sociedad y el entendimiento humano que había identificado en su vida y en su pensamiento. Su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres es considerado como una de las críticas de la civilización de mayor alcance hechas en tiempos de Rousseau y en nuestro propio tiempo.

La academia había preguntado si la desigualdad que se da entre los hombres es autorizada por la ley natural, y Rousseau –que aconseja que la cuestión deberían discutirla los esclavos frente a sus amos– aprovechó la invitación para escribir un análisis sobre la naturaleza humana y el desarrollo que concluye con un virulento ataque a la desigualdad reinante. “El más útil y el menos adelantado de todos los conocimientos humanos es, me parece a mí, el conocimiento del hombre” –así arranca el Discurso sobre la desigualdad– “y me atrevo a decir que la inscripción del templo de Delfos contenía por sí sola un precepto más importante y más difícil que los gruesos volúmenes de los moralistas”. Sin embargo, la prescripción del oráculo –“conócete a ti mismo”– es mucho más problemática de lo que los filósofos anteriores habían advertido, según Rousseau, pues la herramienta misma que se utilizaba para producir este conocimiento –la razón– estaba siendo cuestionada. “Pero más cruel aún es que todos los progresos de la especie humana la alejan sin cesar del estado primitivo; cuantos más conocimientos nuevos acumulamos, más nos privamos de los medios de adquirir el más importante de todos; y es que, en cierto sentido, a fuerza de estudiar al hombre nos hemos colocado al margen de la posibilidad de conocerlo”. La razón es antinatural, insiste Rousseau, y el nacimiento de la reflexión nos divorcia de nuestra auténtica naturaleza. Nos vemos a nosotros mismos con los ojos de los demás y de este modo aprendemos a sustituir la realidad por las apariencias, ocultándola de los demás y en última instancia de nosotros mismos.

Maurice Quentin de la Tour (1704-1788). Retrato de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), dibujo al pastel sobre papel, 1753. Musée Antoine Lecuyer, Saint-Quentin, Francia

Meditando sobre su tema, Rousseau se adentraba en un espeso bosque. Literalmente. Abandonando París en dirección a las arboladas extensiones de Saint Germain, al oeste de la ciudad, Rousseau cavilaba sobre los orígenes de la difícil situación humana: “He buscado y encontrado la imagen de los primeros tiempos cuya historia he orgullosamente trazado; he hecho borrón y cuenta nueva de las más pequeñas falsedades de los hombres, me he atrevido a desnudar su naturaleza, a seguir el progreso del tiempo y de las cosas que la han desfigurado, y a comparar al hombre humano con el hombre natural, para mostrarles la fuente genuina de sus miserias en su supuesta perfección”. Mediante un cierto tipo de autoanálisis meditativo, Rousseau utiliza su poder de reflexión para desprenderse de las capas que ha acumulado por influencia del tiempo y de la sociedad hasta encontrar la imagen de la naturaleza humana en su interior. Y allí redescubre al “hombre natural” oculto debajo del “hombre social”.

En el Discurso sobre la desigualdad, Rousseau presenta la imagen que encontró en el bosque como una historia hipotética de la humanidad. Empieza con un retrato del hombre natural como un animal solitario carente de razón y de habla, un ser cuyas limitadas necesidades pueden ser fácilmente satisfechas sin depender de nadie, cuya alma está limitada al mero sentimiento de su propia existencia sin albergar idea alguna del futuro, por inmediato que este sea. Rousseau rodea su descripción de este estado primordial con un cerco de paradojas pensadas para convencernos de que esta condición de una humanidad subdesarrollada es efectivamente posible, si no inevitable dadas sus premisas. Sobre el tema del desarrollo mutuo del lenguaje y la sociedad, por ejemplo, le hace al lector la siguiente consideración: “¿Qué era más necesario: una sociedad previamente inventada para la institución del lenguaje; o unos lenguajes previamente inventados para el establecimiento de la sociedad?” El hombre, para Rousseau, parece condenado a la incomprensión tanto ante la sociedad como en el interior de ella. Pero este animal tiene posibilidades. Si bien inicialmente indistinguible de las otras bestias, en el fondo de su alma late una facultad que le sacará a él y a sus congéneres de su estupidez original. Esta facultad es la “perfectibilidad”, una palabra acuñada por Rousseau y un término cuya ironía resulta inmediatamente aparente: ‘perfección’ es otra forma de decir ‘corrupción’. Mediante su capacidad de autoperfección, el hombre se convierte en un tirano de sí mismo y de los demás.

Al situar al hombre en este jardín y al plantar la semilla de la corrupción en lo más profundo de su interior, Rousseau está volviendo a escribir la historia bíblica de la caída. “Los hombres se acostumbraron a reunirse frente a las cabañas o alrededor de un gran árbol; las canciones y la danza, auténticos hijos del amor y el ocio, se convirtieron en la distracción, o mejor dicho en la ocupación, de unos hombres y mujeres congregados y ociosos. Cada uno empezó a mirar a los demás y a querer ser mirado por ellos, y la estima pública adquirió un valor. El que cantaba o bailaba mejor, el más guapo, el más fuerte, el más hábil o el más elocuente se convirtió en el más altamente considerado; y este fue el primer paso hacia la desigualdad y, simultáneamente, hacia el vicio”. Se encuentran aquí todos los elementos de la historia bíblica –el orgullo, la lujuria, el incipiente conocimiento del bien y el mal–, todo, es decir, todo excepto Dios y su orden de no comer el fruto. En la versión de la historia de Rousseau no estamos en falta. Atribuye la corrupción a un accidente: es el resultado inevitable de haber sido arrojados a la sociedad. El hombre es naturalmente bueno, pero la sociedad le corrompe: este es el núcleo revolucionario de la filosofía de Rousseau.

Sin embargo, esta fase de la historia humana, afirma Rousseau, es la condición mejor y más feliz de la humanidad, una especie de “punto medio” entre la estupidez del estado natural y la malhumorada actividad del estado civilizado. “Todos los progresos subsiguientes han sido en apariencia otros tantos pasos hacia la perfección del individuo, pero en realidad lo han sido hacia la decrepitud de la especie”. En esta primera etapa de la historia, ya nos hemos convertido en plenamente humanos, siendo capaces de experimentar los más dulces sentimientos de amor paterno y conyugal conocidos por la humanidad, y habiendo alcanzado el desarrollo casi completo de lo que por sus facultades esta es capaz. Solamente un terrible accidente podía llevar a una mayor perfección de la humanidad. Este fue el descubrimiento del arado, y el momento en que el individuo, señalando con el dedo la tierra cubierta de surcos, exclamó: “Esto es mío” y encontró hombres lo bastante simples como para hacerle caso. Este accidente crea las desigualdades que desde entonces han marcado nuestra historia. La corrupción destruye igualmente al amo y al esclavo, al rico y al pobre, convirtiendo a los primeros en tiranos y a los segundos en aduladores. Desde ese momento se hizo necesario parecer lo que uno no es; ser y parecer se divorciaron y nos convertimos en unos seres alienados de los demás y de nosotros mismos.

El bosquejo histórico de Rousseau culmina en la civilización europea contemporánea, representada como un caldero de desigualdad, corrupción y alienación. La obra termina con su cáustica respuesta a la pregunta de la academia acerca de si las desigualdades existentes están justificadas por   la ley natural. Su investigación debería dejar suficientemente claro “lo que habría que pensar en este sentido de la clase de desigualdad que impera en todos los pueblos civilizados”, donde los niños mandan en los adultos, los imbéciles guían a los sabios y “un puñado de hombres se atracan hasta la saciedad de cosas superfluas mientras las multitudes hambrientas carecen de lo más indispensable”.

Tras haber llegado al final de historia de Rousseau sobre la inocencia original y la corrupción accidental de la humanidad, que apareció en 1755, un famoso lector expresó con mucha frialdad su desacuerdo. “Monsieur, he recibido su nuevo libro en contra de la raza humana”, escribió Voltaire. “Leyendo su obra le viene a uno el deseo de ponerse a caminar a cuatro patas. Sin embargo, dado que abandoné esta costumbre hace más de sesenta años, me resulta desafortunadamente imposible retomarla de nuevo”. En otras palabras: ¿qué se supone que debemos hacer con la historia de Rousseau?

¿Qué relevancia tienen para nosotros el hombre natural y un estado de naturaleza para siempre perdidos, si es que han existido alguna vez?

Igual que en el Discurso sobre las artes y las ciencias, Rousseau se anticipa a la acusación de que es autocontradictorio. “¿Cómo? ¿Acaso hemos de destruir las sociedades, aniquilar la tuya y la mía y volver a vivir en el bosque en compañía de los osos?” Esta es la clase de pregunta, escribió, que podrían plantearle sus “adversarios” y, al igual que en su obra anterior, también en este caso tiene preparada una respuesta. Si sois capaces de volver al bosque, hacedlo. Pero para los hombres como él, dice, que han sido iluminados y que por consiguiente ya han sido corrompidos, esta no es una opción. ¿Qué deben, pues, hacer? Como mínimo, no debemos perseguir insensatamente un veneno que otros tomarán por una medicina. Podemos incluso buscar remedios para una enfermedad cuyos síntomas hemos aprendido a reconocer.

Fragmento del Capítulo 2º del libro de Robert Zaretsky y John T. Scott La querella de los filósofos. Rousseau, Hume y los límites del entendimiento humano.

fuente:. elviejotopo

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