COLMENAR NO TIENE “NÁ”

Cultura
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Como respuesta a la evidente escasez de turistas en nuestro municipio, últimamente oigo a locales del pueblo -con demasiada frecuencia y tristeza- comentarios del tipo: “¿Y aquí quién va a venir, si Colmenar no tiene “ná”? Cuando lo dicen, sonrío… y pienso, no sin cierta ironía y perplejidad, en cuánto cambiaría el panorama si estos colmenareños conociesen, comprendiesen y abrazasen tan rico patrimonio. Porque pensamientos de este tipo perjudican, y mucho, el estado actual y la supervivencia de nuestros bienes histórico-artístico y culturales, ya que no podemos amar y defender aquello que no apreciamos, seguramente por desconocimiento. 

En este sentido, es un buen ejemplo, bajo mi punto de vista, la fiesta de la Vaquilla, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional en 1986, a la que acabamos de asistir en estos días. Esta celebración se realiza actualmente en Colmenar Viejo el último sábado de enero, y no es exclusivamente colmenareña, pues también existen Vaquillas en otros municipios de la provincia de Madrid (Colmenarejo García, F.; Fernández Suárez, R., 1989: 96). La fiesta está ligada al mundo ganadero y al trasiego de las reses, pero, seguramente, y aunque esta cuestión no se pueda demostrar, su origen esté en el mundo antiguo, y guarde relación con las fiestas anuales de finalización del invierno e inicio de la primavera, que tenían lugar en el mes de febrero, con la necesidad de asegurar la fertilidad de los campos, de los animales y de las personas. Así, podría haber sido en su origen un ritual derivado de la Lupercalia, o fiesta de los lupercos, una de las más famosas y arraigadas en la Roma Antigua (Marqués, N., 2018). En esta, fiesta se sacrificaban varias cabras y un perro, sobre cuya cabeza se esparcía la mola salsa, pan ácimo elaborado por las vírgenes vestales para los sacrificios. Tras un banquete, donde también se bebía mucho vino, los lupercos azotaban a quien se cruzara en su camino con las tiras confeccionadas con la piel de las cabras que habían sacrificado, haciendo chascar estos látigos con violencia por donde pasaban en una alocada carrera dedicada al dios Fauno, dios por excelencia de la Naturaleza, y azotando especialmente la espalda de las jóvenes para favorecer su fertilidad. Eran unas fiestas muy salvajes, llenas de ruido y provocación que, tras la oficialización del cristianismo, fueron prohibidas en el siglo V d.C., colocándose en su lugar la fiesta dedicada a la purificación de la Virgen María, 2 traspasada posteriormente al 2 de febrero (Virgen de la Candelaria o Virgen de las Candelas). 

Caro Baroja compara muchas mascaradas carnavalescas con esta celebración ancestral, y la fiesta de la Vaquilla, en mi modesta opinión, no es una excepción, ya que podemos rastrear elementos comunes, como los látigos y la violencia de los chasquidos; lo femenino, presente en la vaquilla en los pañuelos, espejos, claveles y collares; y el sacrificio, porque a la vaquilla también se la sacrifica simbólicamente y su sangre se bebe en un ritual de comunidad. Hasta las rosquillas que porta la vaquilla en su armazón podrían ser un trasunto de la mola salsa. En fin, todos ellos elementos nada desdeñables para rastrear su origen, aunque no se pueda demostrar. Pero, aunque el origen de la Vaquilla esté en el mundo antiguo o en el siglo XIII, cuando se forman las primeras pueblas, lo cierto e indiscutible es que, en Colmenar Viejo, es una fiesta asociada al mes de febrero, al carnaval y a la festividad de la Virgen de las Candelas, con todo el simbolismo que ello conlleva. 

Pues bien, en 2016, y cito el artículo publicado en La Vanguardia el 21 de febrero de 2016, los vecinos de Colmenar Viejo decidieron, mediante votación popular, que la fiesta de la Vaquilla se celebrase el último fin de semana de enero, para así potenciar su carácter turístico. Siguiendo dicho artículo, el alcalde de entonces, Miguel Ángel Santamaría, ensalzó la participación en la consulta y apostilló que “no ha habido ganadores ni perdedores, sino que la única triunfadora ha sido la democracia”. 

Sí, si hubo un gran perdedor en esta votación, pues un elemento patrimonial de primer orden, la fiesta de la Vaquilla, perdió gran parte de su significado ya que, unido este ancestralmente al mes de febrero, del que nunca tuvo que haber salido, se ha convertido en un producto, digamos cultural, puede que lucrativo, pero desprovisto ya de gran parte de su significado. Si me he extendido explicando el posible origen de la Vaquilla es para que se entienda la importancia de lo que en el pasado significaron febrero y sus fiestas, que anuncian el buen tiempo y la renovación. ¿Cómo es posible que ni lo que el poder de la Iglesia pudo eliminar de las prácticas populares en el siglo V lo hayan cambiado -quiero pensar que no para siempre- 704 vecinos en una jornada? Pero que nadie tiemble: ha ganado la democracia, aunque se haya perdido Patrimonio. Y yo me pregunto, sin ánimo de ofender a nadie en ningún momento: ¿cuántos de los que 3 votaron para cambiar la fiesta conocían su importancia histórica y cultural? Y los que no votaron, ¿por qué no lo hicieron?, porque 704 votos son muy pocos para tomar una decisión así. Y sí, este es uno de los “ná” que ya no tiene Colmenar. 

Afortunadamente, hay iniciativas muy interesantes que trabajan para difundir, promover y a dar a conocer a todos los colmenareños su rico Patrimonio, y me refiero en concreto a la Asociación de Vecinos por Colmenar Viejo, quien en colaboración con Fernando Colmenarejo y el Equipo A de Arqueología realizan rutas históricas a pie, tanto diurnas como nocturnas en verano, y jornadas de conferencias, con gran éxito. 

No digamos nunca que Colmenar no tiene “ná” pues, con esta actitud, solo contribuimos al deterioro y desaparición de nuestro patrimonio, tanto material como inmaterial. Lo ocurrido con la fiesta de la Vaquilla desgraciadamente es solo un ejemplo, pero hay más: estoy segura que de haber habido mayor conocimiento y respeto, La Casa de la Harina no habría sufrido un derrumbe parcial en 2018. El Ayuntamiento dijo que desde el Consistorio no se podía hacer más que exigir a sus propietarios la preservación del bien (publicado en La Vanguardia el 15 de noviembre de 2018), pero somos los vecinos los que en gran medida debemos velar porque este tipo de cosas no ocurran, en un acto de corresponsabilidad y de compromiso con lo nuestro. En una Sociedad donde lo público y el bien común son cada vez más delgados, los ciudadanos tenemos que velar por la protección del Patrimonio. Y nosotros, los colmenareños, si seguimos pensando que Colmenar no tiene “ná”, al final nos vamos a quedar sin “ná de ná”. 

REFERENCIAS: 

Caro Baroja, J. (1979): El Carnaval. Análisis histórico-cultural. Ed. Taurus, Madrid. 

Colmenarejo García, F.; Fernández Suárez, R. (1989): El ciclo festivo de Colmenar Viejo: Ritual, simbolismo y conducta, Ayuntamiento de Colmenar Viejo. ISBN: 84-505-9059-0. 

Marqués, N. (2018): Un año en la antigua Roma. La vida cotidiana de los romanos a través del calendario. Espasa Libros S.L.U. ISBN: 978-84-670-5151-3. 

Prat i Carós, J. (1993): “El carnaval y sus rituales: algunas lecturas antropológicas”, Temas de antropología aragonesa, nº 4, P.P. 278-296, ISSN 0212-5552. 

ART VAQUILLA C N TIEN DE NA