El año de la peste

La pandemia proclama la necesidad de cobertura universal y licencias médicas con goce de sueldo a cada paso de su avance mortal. Foto: AFP.

Sociedad
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Entra el monstruo... Coronavirus es la vieja película que hemos estado viendo una y otra vez desde que en 1995 el libro The Hot Zone, de Richard Preston, nos presentó al demonio exterminador conocido como ébola, nacido en una misteriosa cueva de murciélagos en África central.

Fue solo la primera de una sucesión de nuevas enfermedades que surgían en el “campo virgen” (es el término adecuado) de los inexpertos sistemas inmunes de la humanidad. El ébola fue seguido pronto por la influenza aviar, que brincó a los humanos en 1997, y por el SARS, que surgió a finales de 2002: en ambos casos apareció primero en Guangdong, el centro manufacturero del mundo.

Por supuesto, Hollywood acogió con codicia estos brotes y produjo una serie de películas para emocionarnos y aterrorizarnos. (Contagio, de Steven Soderbergh, estrenada en 2011, resalta por su precisión científica y su escalofriante anticipación del caos actual).

Además de los filmes y de incontables novelas estridentes, cientos de libros serios y miles de artículos científicos han respondido a cada brote, muchos de los cuales enfatizan el lastimero estado de la preparación global para detectar y responder a esas nuevas enfermedades.

Así pues, el coronavirus entra por la puerta principal como un monstruo familiar. Secuenciar su genoma (muy similar a su muy estudiado hermano, el SARS) fue pan comido, y sin embargo faltan los segmentos más vitales de información. Los científicos que trabajan día y noche para caracterizar el brote se enfrentan a tres retos colosales.

Primero, la constante escasez de equipos de prueba, en especial en Estados Unidos y África, ha impedido realizar estimaciones precisas de parámetros claves, como tasa de reproducción, tamaño de la población infectada y número de infecciones benignas. El resultado ha sido un caos de cifras.

Segundo, al igual que las influenzas anuales, este virus muta al circular entre poblaciones de diferentes composiciones de edad y estado de salud. La variedad que los estadonidenses tienen más probabilidades de contraer ya es levemente distinta del brote original en Wuhan. Las próximas mutaciones podrían ser benignas o alterar la actual distribución de la virulencia, que aumenta notablemente después de los 50 años de edad. El “catarro corona” de Trump es cuando menos un peligro mortal para la cuarta parte de los estadonidenses, que son de la tercera edad, tienen sistemas inmunes débiles o problemas respiratorios crónicos.

Tercero, aun si el virus se mantiene estable y muta poco, su impacto en los sectores de menor edad podría diferir radicalmente en los países pobres y entre los grupos de alta pobreza. Considérese la experiencia global de la influenza española de 1918-19, la cual se estima que causó la muerte a entre 1 y 2 por ciento de la humanidad. En Estados Unidos y Europa occidental, la cepa original H1N1 fue más letal en adultos jóvenes, lo cual se ha explicado comúnmente como resultado de sus sistemas inmunes, relativamente fuertes, que reaccionaron de más a la infección atacando las células pulmonares, lo cual condujo a neumonía y choque séptico.

Sin embargo, en fechas más recientes algunos epidemiólogos han teorizado que tal vez los adultos mayores tenían “memoria inmune” de un brote anterior de la década de 1890 que les dio protección.

En cualquier caso, la influenza encontró un nicho favorable en campamentos militares y trincheras del campo de batalla, donde segó las vidas de decenas de miles de soldados jóvenes. Este se volvió un factor principal en la batalla de los imperios. El colapso de la gran ofensiva alemana de la primavera de 1918, y por tanto el desenlace de la guerra, se ha atribuido a que los aliados, en contraste con su enemigo, pudieron remplazar sus ejércitos enfermos con combatientes estadonidenses recién llegados.

En cambio, la influenza española tuvo un perfil diferente en países más pobres. Rara vez se aprecia que casi 60 por ciento de la mortalidad global (por lo menos 20 millones de decesos) ocurrió en el Punjab, Bombay y otras partes del oriente de India, donde las exportaciones de granos a Gran Bretaña y las brutales prácticas confiscatorias coincidieron con una importante sequía.

La escasez resultante de alimentos empujó a millones de personas pobres al borde de la hambruna. Se volvieron víctimas de una sinergia siniestra con la desnutrición, que suprimió su respuesta inmune a la infección y produjo rampantes pulmonías tanto bacterianas como virales. En un caso similar, en Irán, entonces ocupado por los británicos, varios años de sequía, cólera y escasez de alimentos, seguidos por un extenso brote de malaria, fueron la precondición de la muerte de aproximadamente la quinta parte de la población.

Esta historia –en especial las consecuencias desconocidas de las interacciones con la desnutrición y con infecciones existentes– debe precavernos respecto de que el Covid-19 podría seguir una ruta diferente y más letal en los sobrepoblados y enfermizos barrios bajos de África y el sur de Asia. Algunos han afirmado que, como la población urbana de África subsahariana es la más joven del planeta, en la que los mayores de 65 años comprenden solo 3 por ciento de la población (contra 23 por ciento en Italia), el coronavirus solo tendrá un efecto leve.

A la luz de la experiencia de 1918, esta es una extrapolación absurda, al igual que el supuesto de que la pandemia, como la influenza estacional, retrocederá al elevarse la temperatura. (La segunda y más letal oleada de la influenza española llegó a mediados del verano.)

Es más probable, como advirtió Science el 15 de marzo, que África sea una “bomba de tiempo en marcha”. Además de la desnutrición, el combustible de tal explosión viral es el enorme número de personas con sistemas inmunes dañados. El VIH/sida ha matado a 36 millones de africanos de la generación pasada, y los investigadores estiman que existen unos 24 millones de casos actuales, junto con 3 millones o más con la “peste blanca”, la tuberculosis.

En África, 350 millones padecen desnutrición crónica y el número de niños pequeños cuyo crecimiento ha sido coartado por el hambre se ha incrementado por millones desde 2000. El distanciamiento social en vastas ciudades perdidas como Kibera, en Kenia, o Khayelitsha, en Sudáfrica, es una imposibilidad obvia, y más de la mitad de los africanos carecen de acceso a agua limpia y saneamiento básico. Además, cinco de las seis naciones con los peores sistemas de salud del mundo están en África, entre ellos el más populoso, Nigeria. Kenia, país conocido por exportar médicos y enfermeras, tiene exactamente 130 camas de terapia intensiva y 200 enfermeros certificados de cuidados intensivos para recibir la llegada del Covid-19.

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