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21 de julio. 85 aniversario del bombardeo de noche de Colmenar Viejo

Sociedad
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 Un merecido homenaje a las víctimas inocentes de la población civil....
Tras un año de guerra civil, Colmenar Viejo parecía ser un mero pueblo expectante a los pies del frente de guerra. Pero en la guerra se producen acciones inesperadas, y de repente, hacia las 10 de la noche del miércoles 21 de julio, durante la batalla de Brunete, como comentaba el brigadista Ramón Parra, “llegó lo de la aviación y empezó a llover bombas”, de tal manera que, como el resto de los supervivientes, esas imágenes quedarán impregnadas en sus memorias para convertirse en continuas pesadillas.

Fernando Colmenarejo García 
María Antonia Corona Bartolomé 
(Coautores del libro “La Sierra Convulsa. Segunda República, Guerra Civil y Primer Franquismo al Norte de Madrid)

“Colmenar era un oasis de paz, ver las luces con esos escaparates… Nos admirábamos de la paz y bullicio, parecía como si estuviera en otro mundo, hasta que llegó lo de la aviación”. Y no le faltaba razón a Ramón Parra Quevedo, militar adscrito a la 2ª compañía del IV Batallón de la 99 Brigada Mixta, que se encontraba en un momento de descanso en Colmenar Viejo durante la batalla de Brunete. Pero en este pueblo, cabecera de comarca a los pies de la sierra de Guadarrama, se vivía de forma diferente a la tensión que se respiraba en los pueblos más próximos a los frentes de guerra. Bien es cierto que su vida cotidiana se desarrollaba ante un espejo diferente, como en otros tantos pueblos en segunda línea de la retaguardia, y aunque sujeto a los nuevos avatares bélicos, sus vecinos se habían “acostumbrado” a esta nueva vida. 

Aquella noche del miércoles 21 de julio de 1937 “hacía un calor horroroso y asfixiante”, según Jaime Mansilla, por lo que decidió salir al balcón de su casa para tomar el fresco. Las calles y los corrales de las casas se convertían en los espacios más concurridos para respirar, y era frecuente ver corros de soldados reunidos con las mozas de la vecindad. Angelita Aparicio paseaba con su vecina plácidamente por la calle Real, y otras tantas personas aprovechaban para ultimar sus faenas de trabajo, como el niño Lorenzo García, que se encontraba espigando con su padre en las proximidades del pueblo, y lo mismo sucedía con el padre de Victorina Nogales, que trabajaba en la era. Pero, hacia las 10 de la noche, el cielo se iluminó…

La necesidad de aliviar la presión ejercida por las tropas rebeldes contra Madrid y Santander, llevó al ejército republicano a la realización de una ofensiva en los alrededores de  Brunete, entonces un pequeño pueblo a unos 59km de distancia de Colmenar Viejo. Según los historiadores, esta batalla fue una de las más cruentas de la guerra civil española, iniciándose la ofensiva republicana la noche del 5 al 6 de julio, y terminando en “tablas” el día 25 de ese mismo mes.

Colmenar Viejo, nudo en la retaguardia por su extraordinaria comunicación con la capital, se fijará también como punto esencial en la logística de la batalla de Brunete, aportando obviamente su infraestructura sanitaria. Por ello, días antes de la ofensiva republicana, un colegio de la localidad se había convertido en un auténtico hospital de sangre, adscrito al Primer Cuerpo del Ejército, siendo elegido por su gran capacidad el esbelto grupo escolar Soledad Sainz, cuya inauguración había tenido lugar en enero de 1930. En esta remodelación, los pupitres se habían cambiado por 150 camas,

instalándose también un quirófano y contando con un grupo de transfusión de sangre, adscribiéndose al mismo el correspondiente personal médico. 

En dicha ofensiva republicana deberían actuar el V y el XVIII Cuerpo del Ejército, encontrándose al mando de esta operación el Mayor médico, Julio González Recatero. Asimismo, los puestos de clasificación de heridos se habían fijado en El Escorial y Galapagar, para ambos Cuerpos, respectivamente. En una orden adicional, el Jefe de Sanidad de Maniobras fijaba definitivamente las líneas de evacuación, de tal manera que para el V Cuerpo del Ejército, los heridos serían evacuados desde El Escorial buscando Galapagar, hacia Torrelodones, Colmenar Viejo y Fuencarral,  manteniéndose el mismo itinerario fijado con anterioridad para las ambulancias de regreso; si bien, en el caso de interceptación, por exceso de transporte, deberían seguir otra línea de evacuación por Alcobendas, San Sebastián de los Reyes, San Agustín del Guadalix, Colmenar Viejo, Hoyo de Manzanares, Cerceda, Villalba, Galapagar y El Escorial o Torrelodones.

Además de los equipos de transfusión de sangre fijados en Colmenar Viejo, Hoyo de Manzanares y El Escorial, se establecían también otros tres equipos quirúrgicos de reserva en Torrelodones, Navalquejigo y Moralzarzal. Asimismo, se encarecía a los Jefes de Sanidad para que dieran las órdenes oportunas a los conductores de las ambulancias con objeto de realizar una parada obligatoria en el control de distribución sanitaria, situado a doscientos metros aproximadamente de las proximidades del hospital de El Goloso, desde donde deberían indicarse a los conductores de las ambulancias el hospital que correspondía evacuar a los heridos.

 

CONTINUAR...