LA AVIACIÓN EN LA SIERRA NORTE DE MADRID DURANTE LA GUERRA CIVIL DE 1936-39

Sociedad
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PRESENTACIÓN 
Cuando solicité una nueva colaboración a mi buen amigo José Manuel Encinas Plaza, en su estrecha y desinteresada colaboración que viene desarrollando para esta sección de “La Sierra en el punto de mira”, la verdad es que me sorprendió gratamente. He explicitado su actitud “desinteresada” porque simplemente lo que nos va a aportar, a lo largo de una docena de entregas, aproximadamente, viene a ser un libro, centrado en un tema escasamente destacado en la amplísima bibliografía que trata sobre la Guerra Civil española, como es la cuestión de la aviación y, en concreto, los aeródromos que utilizó el Ejército Popular republicano en estos pueblos de la sierra madrileña, precisamente, a los pies del atrincheramiento entra las líneas de ambos contendientes. 

Se trata, como dice este gran arqueólogo y maquetista, de “un aspecto poco conocido por el gran público”. Y ya lo creo que lo es, pero es que conociendo a José Manuel, y sobre todo habiendo leído sus libros, vamos a conocer algo que en este tipo de ensayos se suele pasar a hurtadillas, como es el aspecto social y más humano de la guerra: sus protagonistas, los aviadores de uno y otro signo. 

José Manuel Encinas es un castizo madrileño, nacido en 1963. Se licenció en Geografía e Historia, diplomándose posteriormente en Informática. En 2007, tras una larga trayectoria en el mundo de las telecomunicaciones y la consultoría, regresó a su verdadera vocación, y desde entonces viene realizando trabajos relacionados con la difusión del patrimonio histórico, ya sea como maquetista de modelos a escala para museos o exposiciones o como autor de publicaciones orientadas a ese fin. 

Doy fe de esa extraordinaria labor porque pude comprobar en su estudio de Guadalix de la Sierra, la calidad de sus maquetas, explicable no sólo por su habilidad y profesionalidad, sino por la forma de entregarse a ello. Tendrías que ver esas maquetas, a escala, de las iglesias de Ongayo y Venturada, esta última como conclusión de un estudio detallado para devolverle, también a escala, su aspecto original en el siglo XII. Lo mismo cabe decir de las reproducciones, también a escala, de los pórticos románicos de San Galindo (Guadalajara) y Venturada (Madrid) así como otras tantas maquetas arqueológicas de yacimientos y topográficas. En su haber podría contabilizarse también la maqueta de la necrópolis de época visigoda de Remedios, si no hubiera sido por el impedimento de un supuesto técnico de turismo de Colmenar Viejo. 

Y en cuanto a su verdadero amor a esta tierra madrileña, también se desprende de la lectura de sus libros: “Románico y Camino en la Sierra Norte de Madrid”, “Por el camino que va a Lozoyuela”, “Navares de las Cuevas”. “Enamórate” o “Venturada en el buen Camino”. Sus páginas engloban un conjunto de elementos que permiten al gran público, en general, entender lo que supone realizar un serio trabajo de documentación archivística y de campo sobre el patrimonio artístico y medioambiental en dichas poblaciones. 

Pero aún hay más. Más y sorprendente porque José Manuel Encinas se ha entregado también al mundo de la novela, cosechando grandes éxitos con “Su mejor enemigo 1936, que narra la amistad entre un falangista y un anarquista en el frente de Somosierra. “Jaque al Faisán”, ucronía de acción e intriga en el antiguo Sáhara Español con un desenlace de lo más imprevisto. Y si se te lo quieres pasar bien, sobre todo destornillándote de risa, permitiendo descansar algo a nuestra necesaria conciencia sobre los problemas que nos ocupan en estos tiempos, no dejes de leer “Atraco en Guadalix”, inspirada en esos atracos chapuceros y disparatados, tomando como escenario Guadalix de la Sierra. Y suma y sigue porque esperamos, a petición del público, una nueva entrega de humor: El abuelo es picador

Por ello, sencillamente, GRACIAS, José Manuel. Esperaremos ansiosamente tus entregas mensuales para conocer con mayor detenimiento ese pasado del que debemos aprender para fortalecer la democracia. 

Fernando Colmenarejo García. 

Presidente Asociación Cultural “Equipo A de Arqueología”. 

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INTRODUCCIÓN 

Un aspecto poco conocido por el gran público es la presencia de campos de aviación en la sierra, de los tipos de aviones que operaron desde ellos, de sus protagonistas, los mecánicos y pilotos que hicieron posible el apoyo cercano que se solicitaba desde los frentes. Hubo muchos aeródromos, la mayoría muy precarios, que actuaban como puntos de apoyo en misiones arriesgadas, dada la cercanía del frente. Es lo que se denomina el aeródromo efímero, mucho más parecido a lo que vemos en la actualidad como un campo de ultraligeros que una base aérea. Estas instalaciones precarias fueron protagonistas en la zona republicana de nuestra sierra, pues las tropas nacionales sólo controlaban el extremo norte, donde lo abrupto del terreno, dígase la Sierra del Rincón, por poner un ejemplo, impedía contar con campos de aviación en la vertiente madrileña, estando algunos situados en la vertiente segoviana, zona de Cerezo de Abajo, aunque su uso fue muy esporádico, actuando principalmente desde Aranda de Duero. La República, que contaba con el apoyo logístico de Madrid y las importantes bases de Alcalá de Henares y Barajas (Getafe y Cuatro Vientos estaban fuera de uso por la proximidad al frente del sur) daban un excelente apoyo logístico a estos aeródromos. 

En esta introducción es importante dar a conocer la intención del trabajo, que abarcará la docena de entregas, para saber cómo eran aquellos campos, con croquis y fotografías, centrándonos básicamente en dos: Torrelaguna, como aeródromo dotado de las instalaciones básicas y de uso frecuente, y Lozoyuela, ejemplo típico de campo de aviación efímero, del que existen fotografías de la época con los aviones en uso. 

Otro punto importante a tratar es el componente humano. En ambos bandos, el personal español formado por mecánicos, pilotos e ingenieros, fueron personas muy vinculadas a su oficio y que tenían un código de honor que ya era poco frecuente y que les honra. En más de una ocasión se enfrentaron al alto mando por cuestiones puramente éticas. 

El material en uso, que fue variando según avanzaba el conflicto, es un tema preñado de mitos y de confusión, que se intentará aclarar. En mi trabajo Volaron por aquí, en referencia a los aviones que surcaron los cielos de la sierra, contó con una exposición de maquetas, cuyas fotografías ilustrarán este trabajo. 

La bibliografía, que es extensa, cuenta no sólo con libros o documentos puramente técnicos, sino con memorias y biografías excelentes como Yo fui piloto de caza rojo, de Francisco Tarazona, as de la República, o General Gavilán. Memorias, por citar uno de cada bando. Que nadie busque imparcialidad en estas obras, pues sus protagonistas vivieron aquella tragedia defendiendo sus ideas y no están obligados, pero sí hay una intachable honestidad en ambos. La Guerra Civil contada por los aviadores tiene un componente vital que me llevó a estudiar el conflicto de su mano: la camaradería. Si en los años 70 y 80 del pasado siglo se juntaron en mesas redondas y participaron en obras que trataron el conflicto, les da un componente de credibilidad que otros no tienen. 

Por último, se intentará responder a cualquier duda o pregunta de los lectores y agradecer cualquier aportación documental, pues nunca se sabe todo.